sábado, 2 de diciembre de 2006

Aguafuertes de acá

Número cero. Intento inicial. Primera moneda arrojada al aire. Subyace a estas páginas -las de esta edición- una honesta voluntad de origen: tomar lo habitual y cotidiano como objeto de referencia. Recrear el mito -un tanto arquetípico en su formulación- del cronista que, infatigable y tenaz, observa todo a su alrededor y, bolígrafo en mano o teclado mediante, pasa a la acción de las palabras. Hablar, sin más, de lo que tenemos delante. Y esto, claro, suele ser lo más difícil.
La idea no es nueva. En absoluto. Su más célebre antecedente: la serie de artículos periodísticos publicados por Roberto Arlt en el desaparecido diario El Mundo entre 1928 y 1942. Escritos particularmente singulares que devenían en exhaustivo retrato de la ciudad en toda su complejidad. Y conocidos con el nombre de aguafuertes. Las porteñas son las más recordadas, aunque también las hubo patagónicas, gallegas, asturianas, madrileñas, africanas y mejicanas. En la novela Respiración artificial, de Ricardo Piglia, hay un pasaje interesante a estos efectos. Pregunta Marconi, uno de los personajes: “¿Qué era Arlt aparte de un cronista de El Mundo?”. Y Renzi, el protagonista, le responde: “Era eso, justamente: un cronista del mundo”.
No se trata, sin embargo, de rendir a Arlt un sentido homenaje. Tampoco nos consagraremos a un abordaje crítico de su obra periodística. Nuestro propósito es mucho menor: traer a estos días y nuestra ciudad aquel espíritu artleano signado por el siempre improbable desafío de conseguir apresar en palabras la esencia de las cosas.
La historia camina por la calle. Decirlo, al menos, parece apropiado en el marco de las palabras introductorias a un trabajo que, en sus intenciones, responde a una voluntad fotográfica. Pues, en el fondo, nos propusimos, a la manera de Arlt, la exagerada empresa de capturar breves instantes urbanos nada sofisticados. Y este, el que sigue, es el resultado. Ocho retratos mínimos de la cotidianeidad. Esperemos contar, cuanto menos, con una milésima fracción de la suerte y el talento de Arlt.

Escriben en el número cero de la edición impresa: Rodrigo Pretto, Matías Formia, Diego Mañas, Enzo Benazzo, Maira Otero, María del Rosario Mancini, Geraldine Becker y Antonio F. Galimany.
Dos mundos divididos por un vidrio

por Rodrigo Pretto

En busca de una moneda que aleje su apetito cotidiano o para simplemente ayudar a su familia, los jóvenes esperan en las esquinas que la luz roja del semáforo se encienda. Un anhelo que se contradice con la ansiedad de pasar de los automovilistas. Ellos no trabajan, pero se rebuscan la vida limpiando los parabrisas de los autos.
Estos chicos que descienden de los márgenes de la ciudad hacia el centro invaden los lugares más transitados con un balde, un limpiavidrios y un trapo. La escena es habitual. Semáforo verde. Los agazapados con ansiedad en el borde de la calzada. Las miradas esperan la luz amarilla. El segundo que marca el paso a la roja es imperdible. Ya están encima de los autos, y el limpia vidrios sobre los parabrisas. En algunos casos es casi una imposición. Después la convivencia: “Le limpio el vidrio”. Si la respuesta es positiva todo transcurre con normalidad y el servicio se cierra con una moneda. De lo contrario, se produce el choque: “Se lo limpio igual, aunque no me de nada”. Si la negativa persiste pueden venir los insultos e incluso alguna acción violenta.
Cuando el semáforo da vía libre, los jóvenes quedan envueltos por la columna de autos y recorren el laberinto mecánico hasta las veredas respectivas. Mientras esperan un nuevo turno, algunos juegan. Otros simplemente esperan.
Del otro lado del vidrio la historia es otra. Al detener la marcha los automóviles, para esperar que el semáforo vuelva a verde, las ventanillas comienzan a cerrarse en el instante en que los niños se acercan a pedir la moneda. Cuando el pibe apoya el limpiavidrios sobre el parabrisa comienzan las quejas: “Si te dije que no me limpies el vidrio”, o “Pero mirá como me dejó el vidrio, bien limpio que lo tenia”. Las caras de antipatía y la desesperación con que los conductores “hacen que no” con sus dedos, se repiten cada vez que el semáforo se pone en rojo.
La ambición de sobrevivir les niega el tránsito por una de las mejores etapas de la vida: la infancia. Desde muy pequeños ya se entrometen en el mundo callejero para conseguir una ayuda. Sus estudios son incompletos. Muchos de ellos ni siquiera acabaron la primaria.
La necesidad de un pibe de limpiar un vidrio para tener una moneda, no sólo es un síntoma de la desocupación sino también una “diversificación del rebusque” al que muchos están obligados.
Monotonismo

por Matías Formia

Que el hombre es un animal de costumbres lo podemos convenir sin demasiados problemas y sin que esto signifique una cualidad negativa del ser. Es decir, uno se acostumbra a que lo quieran su mujer, sus hijos, sus padres, sus hermanos, su perro o su control remoto (aunque muchas veces éste le haga menos caso que su perro).
Lo que sí puede ser un yugo pesado para todo aquel que lo padezca es la monotonía que surge de la repetición continua e infinita de los quehaceres ordinarios. Claro que esto se ve recién una vez entrado el susodicho en años, antes de que se empiecen a decolorar los primeros pelos (el que tiene la suerte de que se decoloren antes de que los muy mal humorados bellos se declaren en rebeldía y decidan exiliarse al suelo), porque la verdad es que en los años mozos a uno la vida lo sorprende con una aventura tras otra. Todavía se disfruta de la incertidumbre de lo nuevo y la tensión vital está en su pico máximo.
Se planifica constantemente, las 24 horas del día, las 365 vueltas terrestres. Sin embargo, de vez en cuando, a algún desquiciado se le suelta la cadena y se le ocurre ir a comer con sus tocayos de actividades un asado el sábado al mediodía al “Club de pescadores Gral. Bartolomé Mitre”, en donde por $3 per cápita se dispone de un hermoso balcón de tierra con parrillero y vista al río. ¡Una ganga!
Claro, la propuesta es tentadora, pero uno tiene que romper con el compromiso ineludible contraído con el mosquitero roto de la habitación, otro deberá posponer la promesa de paseo al parque con aquella que sus amigos nunca conocerán (no es que el hombre desista de su condición de novio, es que conoce la rapacidad de sus compinches) y el último deberá negarse una vez más a la limpieza del automotor que volverá a pedir prestado bajo prenda de aseo. Romper con esas obligaciones previamente diagramadas hace que uno entre en pánico y no sepa qué hacer. Son momentos difíciles porque ya estaban resueltos y edificados con premeditación y se quiera o no, estos planes dan cierta sensación de seguridad porque muchas veces el vacío asusta.
Al final el quiebre de agenda es más fuerte y todos adelante con la “alocada” propuesta. A pesar de todo, algo que no estaba premeditado de antemano da aire y vuelve a resignificar el legendario “lo atamo’ con alambre” que tanto explotamos los argentinos. Nadie me puede negar que el mismo asado abarrotado por el exceso de exposición a las brasas, es mucho más rico con amigos en el Parque España que en la terraza y con la familia. También la pala destartalada que se utiliza para la manipulación del carbón en el club de pescadores es mucho más elogiada por sus virtudes que la que uno tiene colgadita y siempre limpia en el ganchito de la pared del quincho. La limpieza es otro mito que se derrumba en este tipo de reuniones. Por ejemplo, si al Gato Pretto se le cayese media tira de asado al piso polvoriento del generoso predio, la reacción automática del auditorio sería: “¡Mandala a la parrilla igual! ¡No pasa naranja!”. Aseguro que en otra circunstancia ese trozo de comida, por lo menos, pasaría 10 minutos debajo de la canilla y el asador lo serviría como última opción.
En fin, nadie debería renunciar al contacto con la naturaleza, con los buenos amigos y con el no tan buen vino de mesa. La ciudad de Rosario todavía reserva algunos recovecos que se niegan al cemento frío y continuo de la ciudad. Una vez tomada la decisión es imposible pasarla mal y una simple victoria a la rutina termina siendo una página más en esta recopilación de anécdotas que es la vida.
Al mejor postor

por Diego Mañas

Moreno 55. Un departamento de pasillo que inquieta a varias señoras grandes, vecinas del barrio, de esas que salen a barrer veredas limpias solamente para escuchar a la señora que esta limpiando la vereda contigua, también limpia. Se inquietan por la forma en que se gana la vida la persona que vive en ese lugar, aunque es muy raro verla mientras el sol azota y encandila ojos muy acostumbrados a la noche. Los comentarios sobre ella vuelan por todo el barrio. Ya se hizo conocida. Muy conocida. Autos importados se estacionan frente a la puerta con el numero 55. Algunos la llevan a pasear para mostrarle su nueva adquisición, a otros los hace pasar al interior de su casa, seguramente a convidarles una taza de té, o quizás a leer juntos la Biblia. Pero estas no son mas que suposiciones, ya que no podemos saber que es lo que hace con todos esos hombres solos que vienen a su casa, y menos todavía, cuando (según fuentes como: la de la florería de al lado o el portero del edificio de enfrente) sale de su casa y vuelve recién entrada la mañana.
Las frondosas curvas de su interminable cuerpo son envidiadas por la mayoría de las mujeres del barrio. El resto no la tiene en cuenta, alegan: “Con cirugía cualquiera”.
Ella no besa.
Los hombres que bajan de esos carísimos autos importados tienen derecho a cada rincón suyo, sin que lo sepan ni sus esposas ni sus familias, logrando muchas veces conformar una coartada perfecta, incluso más meticulosa y premeditada que muchos asesinatos.
Teniendo en cuenta los núcleos familiares involucrados es difícil no pensar en el suyo. ¿Qué le habrán dicho al saber de su forma de ganarse la vida? ¿Qué otras historias están ocultas detrás de este personaje?
Noches de humo en lugares iluminados con luces de colores y vendiéndose como una mercancía en una suerte de exposición de mujeres.
¿A cuantos de sus clientes les importan sus sentimientos, sus penas, o su historia personal?
Su iluminada cabellera es tan negra como los comentarios que sobre ella circulan dentro del barrio, y larga como la lista de hombres que conocen sus más íntimos recovecos.
Vive sola. Debajo del número que indica la numeración del domicilio, hay cuatro timbres. Uno de esos es el de ella. Ese timbre que suena cuando algún hombre solitario, u otros que la visitan clandestinamente, buscan en ella una forma de salir de la soledad, o aventuras que no le proporcionan en otros lados.
¿Hasta cuando podrá trabajar? Su cuerpo comienza a padecer dolores como consecuencia de golpes recibidos. Cada semana es un golpe.
Vivir en pensión

por Enzo Benazzo

En el boulevard que se florea en el centro de la ciudad con sus palmeras, sus edificios y su gente, se puede encontrar una simple casa a la altura del 1100, de la cual entran y salen chicos y chicas, de entre 18 y 30 años, que le dan color y una extraña atmósfera al lugar.
Esos jóvenes, con diferentes costumbres, personalidades y educación, están aquí por una sencilla razón: empezar a crecer y especializarse en lo que ellos quieren ser “cuando sean grandes”.
Muchos de esos pibes vienen con las manos vacías. Sin amigos, sin familia, sin sus cosas. Sin nadie que los acompañe. Dejando todo lo que realizaron anteriormente por comenzar a construir una nueva vida. Estudiando, conociendo gente nueva. Algunos ni siquiera saben cocinar y aprenden a las cachetadas para no tener hambre y no ir continuamente al kiosco a comprar un sándwich simple que le quite esa horrible sensación de “nada en el buche”, pero pesar de todo, siempre se la rebuscarán para que les sobre alguna moneda para mandarse algún porrón a bodega.
Estos pibes realizan un esfuerzo tremendo, y mientras aprenden a convivir con chicos y chicas que vienen de lugares muy distintos a los que vienen ellos, estudian diferentes carreras y/o trabajan en distintos lugares, lo cual los lleva a conformarse nuevamente como sujetos, dejando demasiadas cosas de las que traían y absorbiendo otras tantas nuevas.
En esa embajada internacional que es la pensión, el centro de convenciones es el comedor. Ese es el espacio en donde confluyen opiniones y puntos de vista, allí se construye un ambiente de bienestar o de malestar. Para el que lo conoció, esa humilde habitación de paredes enmohecidas, es lo más parecido al foro romano, y de ese espacio depende el justo equilibrio de la sociedad que forma la Pensión Estudiantil.
Es que la “casa chorizo” que los cobija es un Estado, y la ciudad que la contiene un Imperio, pero sin lugar a dudas, ninguno de ellos se intimida. Saben que es el primer escalón para llegar a conquistarlo todo, todos saben que la pensión es el primer paso antes de conquistar el mundo.
El dueño de la esquina

por Maira Otero

Era una típica tarde de verano, lo vi por primera vez por España arribando al cruce con Montevideo. Se encontraba recostado, contrastando con el frente blanco de la casa de la esquina.
Pasaban con apuro autos, vecinos y estudiantes con sus cuadernos bajo el brazo. Desfilaban por su lado y nadie lo veía. Estaba presente, pero a la vez se hacía invisible para el resto.
Un chico de no más de 6 años pasó con su madre junto a él y preguntó: “¿Por qué el señor está recostado en la vereda, mami?”. La madre, al no saber qué contestar, apretó la mano del chiquillo y siguió su camino como si no hubiese existido ninguna interrogación.
El trozo de pan que tomaba con orgullo entre sus manos sucias, y el vino que bebía, eran su única compañía. El sudor corría por sus mejillas y su mirada perdida demostraba un alma llena de dolor y angustia.
Todas las tardes, a la misma hora, él regresaba a su esquina como quien vuelve a casa después del trabajo. Poco a poco, la había convertido en su lugar.
Meses más tarde regresé, pero él ya no estaba allí. Desapareció del mismo modo en el que apareció. Y nadie sabía qué había sucedido.
Alguna vez volví a la esquina de Montevideo y España, donde solía estar. Él también.
Con sus rastas, remera gris, pantalón negro y buzo atado en las caderas, se alejaba caminando despacio e inspeccionando cada cesto de basura que se atravesaba en su camino.
Tras malvender lo vendible, ingresa en la primera granja con que tropieza en el recorrido. Compra algo para comer y el infaltable vino tinto. Ahora, lo único que falta es llegar y recostarse a descansar.
Lleva casi un año viviendo allí y hoy es un poblador más del barrio. Ahora es visible, al menos para los vecinos que al pasar lo saludan. Otros conversan un rato con él, que sonriente los despide y allí se queda. En el mismo lugar donde lo conocí. Se convirtió en el dueño de la esquina.
Vamos y venimos

por María del Rosario Manzini

Los días pasan de prisa en la ciudad. La gente camina y camina con rapidez por la peatonal Córdoba. A todos los caracteriza la misma forma de andar, definida en preocupación y nerviosismo por llegar a tiempo a algún lugar.
Hoy fue un día despejado y el sol pegó con fuerza sobre las calles de la ciudad. La gente caminaba cansada y agobiada por el calor que a media mañana se hizo sentir. Bares y heladerías aparecieron desborados en su capacidad.
En puro contraste con el ansioso andar de quienes se desesperaban en la calle persiguiendo sus sombras, se hacían notar los artistas callejeros, las personas con alguna discapacidad pidiendo monedas a la salida del banco, los vendedores ambulantes y, también, varios lustradores de zapatos. Esta es, sin dudas, otra particular característica de la peatonal rosarina. Caminás treinta pasos y ves a estas personas. No corren. Permanecen. Parecieran vivir en un mundo aparte y no en donde realmente están: cerca del caos y en medio de bocinas, música y murmullos varios, que describen a la ciudad de todos los días, aunque especialmente los lunes, cerca del mediodía.
Las personas que realizan su trabajo en la calle lucen pacientes, escrutando el pasar de los caminantes mientras esperan un cliente.
La ciudad es una, pero cada uno vive a su manera. Muchos viven de prisa en estos tiempos y pareciera no importarles quién tienen al lado.
Unos pocos se muestran tranquilos. Otros se pasan la vida corriendo y olvidan que en el día a día, en las pequeñas cosas, también existe la felicidad. No deberían esperarse los buenos momentos. Cada instante de la vida debería ser uno. Hoy todos piensan en el mañana y algunas veces ignoran que en la vida se esta de paso y que hay que disfrutarla y vivirla con alegría, sencillez y no con tanta ligereza.
Se la merece

por Geraldine Becker

Con la picardía de la infancia y la humildad en los ojos, con la sencillez de la pobreza y con su metro y pico de altura, nuestros precoces vendedores, aquellos rosarinitos que se rebuscan el mango, que buscaron también la forma de intentar vender y no pedir - o las dos cosas juntas-, aprendieron a hacerlo no desde pequeños (porque todavía lo son) aprendieron digamos, hace un rato. Ese rato que se conforma en el momento en que, cuando un niño "normal" comienza a comunicarse con sus padres y su entorno más cercano, nuestros rosarinitos de la yeca ya lo hacen con toda la gente que pasa. Momento en el que cuando un niño "de su casa" aprende a dar la vuelta manzana, ellos ya recorren toda la ciudad. Momento en que cuando a un niño al que ha podido construírsele una infancia sin marginaciones, aprende a ir hasta el quiosco y comprar golosinas con las monedas que mamá, papá o la abuela les da, ellos ya saben donde se cotiza el kilo de pan o el paquete de fideos más barato para llevarlo a casa con las chirolas que han ganado en el día.
Sobre estos rosarinitos que aprenden a crecer y a dejar de ser niños de golpe, es difícil saber siquiera si, al menos en un rato libre, olvidan por unas horas el trabajo y pueden jugar y reírse en la misma calle que los ve crecer. La misma que ha sido cómplice de algunos - y de muchos- malos ratos pasados. También de sus travesuras, y del esfuerzo diario de intentar que las chirolas lleguen dificultosamente a sus manitos. Esfuerzo que representa "su" parte con la que aportarán a la economía de casa.
En este caso, lo que llamaríamos fríamente una persuasiva estrategia de marketing en el monstruoso mercado capitalista, se transforma, a través de las palabras de una chiquita que vende flores frente al Monumental, en un dulce elogio, su punto fuerte para ganarse algún peso, pero marcado por la inocencia y la oportunidad.
Esa pregunta, ese ofrecimiento, esa ficha a jugar en un fugaz instante, se vuelve un azar al momento de acercarse a una persona y desplegar con pocas palabras su plan de venta.
El breve momento del ofrecimiento se convierte en una aventura para esa criatura y este en particular, en una prueba casi de fuego para el enamorado que deja la sala del cine junto a su Julieta: "¿Una flor señor?", pregunta ante la mirada del potencial cliente que escucha y enciende un cigarrillo. Todavía no ha terminado de guardar el encendedor cuando la niña apela a su "plan B": "¡Déle señor, se la merece, se la merece!", volviendo su carita hacia la dama que acompaña a este caballero, la cual, en un gesto casi de compasión piensa en comprar una de esas flores por el elogio recibido.
Finalmente, exhalando el humo de la primera pitada y antes de emprender la marcha de la mano de su amada, el muchacho mira a su acompañante como afirmando el elogio de la niña y le dice: "Elegí una". Es precisamente en ese momento cuando la sonrisa de las dos damas se dibuja en sus rostros, y este mismo señor, mientras lleva su mano hacia el bolsillo de atrás repite: "¡Dos pesos, dos pesos! ¡Si vos supieras!", contestando a la pequeña con una mueca de picardía y algo cómica hacia la halagada.
Por último, cuando nuestra rosarinita emprendedora y protagonista no ha terminado de guardar todavía el billete exitosamente obtenido, la parejita parte feliz, ella con una rosa blanca en la mano y un halago en los oídos. Él, cargado de besos recolectados a través de la sencilla, pero a veces forzosa, tarea de escuchar, al menos, un ofrecimiento, y con la convicción -o con la ignorancia- de que en ese momento, ha hecho felices a dos mujeres.
Fragmentos para una ciudad

por Antonio F. Galimany

I
En las barriadas pobres del norte de la ciudad, un niño de doce años ya no cree en la inocencia ni en los dibujos animados de las cinco de la tarde. Desde el silencio hermético de su marginalidad desgarró de un preciso puntazo el pulmón izquierdo de otro niño de su misma edad para acabar para siempre con la discusión que mantenían. El apuñalado no murió. El victimario terminó detenido. Y la vida, allí donde sobrevive la fe en el poder redentor de las armas y la belleza se desvanece ahogada en la resignación, la vida no vale nada. Por absurda.
II
Los ojos hundidos por debajo de las cuencas y los pómulos pegados al cráneo. Cuerpos vacíos que desfilan insomnes hacia el final de los tiempos y se pierden entre las sombras que todavía custodian su cansado andar. Una generación completa consumida en la hoguera de las drogas del pobre, del pegamento y el paco. Jóvenes que huyen con la nueva pitada o la próxima inhalación. Que escapan de una sociedad que les concedió la libertad de morirse de todo. Y corren. Los ojos desafiando al cielo. Armados de la miseria y la bolsita de poxiran. Hasta que sus piernas comiencen a temblar y el destino, construido para otros, les ciegue la posibilidad de ver y sus rostros pálidos y desfigurados se derrumben sobre un suelo ausente.
III
Apenas son las seis y la tarde es agradable. El tránsito aturde y la prisa marca el paso de la multitud. En la esquina de Córdoba y Presidente Roca se agolpa una considerable cantidad de adolescentes. Entusiasma, sin duda, la posibilidad (entre mágica y revolucionaria) de capturar con el celular la imagen fotográfica del más reciente par de zapatillas. Visten bien y exhiben lo que tienen. Porque tener, ahora, es un valor. Tener, claro, lo que es susceptible de ser mostrado. Y ellos son una vidriera ingenua emplazada en el idílico universo de las peatonales y las avenidas céntricas. En el mundo soportable de la ciudad pujante y turística.
IV
Recorriendo incansables la geografía comercial de la ciudad, desbordados por completo por el peso de las bolsas, la sed es siempre insaciable. El consumo reemplaza a la felicidad y la contenida atmósfera del microcentro, con sus negocios pulidos y sus luces de neón, niega de plano el conflicto de los suburbios. Comprar y vender es el placer que nos ha reservado el hoy. Ese, y el de no pensar. Sobre todo en aquello que nos hace sufrir, en lo que puede quebrar la inestable fragilidad de un presente afirmado sobre el olvido y la expulsión del otro. El placer de no pensar en lo que no se puede comprar.
V
Justo ahora, una tupida marea de guardapolvos blancos rompe en un estruendo sordo sobre la vereda impasible y se dispersa pareja devolviendo como recompensa la música cotidiana, ese rumor de voces inquietas que en su belleza y perfección tan sólo el mar puede aspirar a superar. Estos niños, bendecidos con la oportunidad de pertenecer, no empuñan navajas ni reconocen en su igual sucio y de mirada ausente que dirime las peleas con la dureza de una madurez aprendida de golpe a aquel que podrían haber sido. Y más allá, en cualquier plaza, alguna mujer todavía desesperará por amor. Y un hombre, desempleado y solo, trajinará la ciudad entera en busca de lo inhallable. Mientras el carro de cirujeo, empujado por la historia, describe la parábola irracional del contraste más brutal. Y todo sigue, aunque sea injusto y doloroso.
VI
Y uno empeñado en escribir. En contra del fragmentarismo cotidiano.
Tal vez, porque escribir es liberación y, al tiempo, contraataque.
Porque es una botella al mar. Y es mucho.